Cuenta la historia que hace mucho tiempo, una mañana soleada y con la mar en calma, un grupo de pescadores de una pequeña aldea salieron a pescar, como todos los días, para mantener a sus familias.

Todo iba sobre ruedas: comenzaron a pescar kilos y kilos de pescado, tantos, que el depósito de la barca se había quedado pequeño. Los pescadores, celebraban la buena jornada comiendo y bebiendo, cuando de pronto el cielo se oscureció y empezó a arreciar una fuerte tromba de agua, mientras las olas comenzaban a levantarse y golpeaban ferozmente la pequeña embarcación.

La escena era dantesca: el barco de fuertes maderas, parecía un papelillo entre tanta tempestad. Los tripulantes hacían todo lo posible por mantenerse en pie pero la fuerza del mar era imparable así que se dieron por vencidos, y solo imploraban a Dios que el final llegara lo antes posible; aunque no todos actuaban así. Hubo un chaval, el mas joven y agil, que decidió tirarse al agua y agarrarse a un trozo de madera que se había soltado del resto del casco.

Al final, un fuerte golpe de ola, partió la embarcación por la mitad y se hundió; y con ella muchas vidas salvo la del joven valiente.

En muchas ocasiones, ese grandioso e inmenso mar que es la vida, te tiene preparada alguna que otra ola que hace que tiemble tu barco; pero a pesar de la desesperación del momento siempre encuentras un trozo de madera al que agarrarte.

Por suerte, yo tengo muchos trozos de madera donde poderme apoyar en caso de naufragio. Me siento privilegiado, y doy gracias a Dios todos los días por ello.

No he querido ser pesado con este post, solamente quiero decir que aunque las tempestades arrecien, siempre hay una razón por la que tirarse al agua y seguir adelante. Esa razón se llama AMIGOS.